El pasado domingo el diario madridista M (eme de Marca y de Madrid) titulaba tras el 5-0 contra el Santander: "Barça, ¿cómo lo ves?". La respuesta del equipo de Frank Rijkaard, y la de la afición misma, no ha podido ser más contundente.
Al grito de "Campeones, campeones" al Barça ya sólo le queda un suspiro para cantar aquello que tan bien hizo Luís Figo desde el balcón de la plaza de Sant Jaume: "Merengues, llorones, saludad a los campeones".
A Florentino se le acaba el recorrido de la presión y de las excusas para alardear de un equipo plagado de galácticos que no se comen ni un rosco estelar. Y van dos años. Dos años luz de frío espacial con el juego desplegado por sus astros por los campos del estado español con respecto al de los blaugranas.
Que sigan ellos en aislados en el hiperespacio, en el que no hay aire respirable ni ruido (sólo las bravatas de algún futbolista al que se le apaga la luz como Roberto Carlos). Entre el juego desplegado este año por el equipo de Joan Laporta y el del presidente de otro mundo, Florentino Pérez, la distancia se ha vuelto, como poco, sideral.