El primer cepillo dental surge en China, hacia 1500. Las cerdas eran pelos de cochino siberiano, muy duros y resistentes. De ahí pasó a la India, donde, además de higiénico, tenía significado religioso: 15 minutos de cepillado = 70 plegarias. Los comerciantes lo trajeron a Europa con pelo de caballo, más suave, pese a las advertencias de Louis Pasteur, que advertía que los pelos de animales contenían muchas bacterias infecciosas.
Hasta la década de 1930, época en que la química Dupont descubre el nailon, no se sustituirían las cerdas animales por las sintéticas. El cepillo eléctrico llegaría después.
La pasta dental es muy anterior al cepillo. Los primeros ungüentos se hicieron en Egipto, con vinagre. Los romanos cambiaron el vinagre por orina humana, que daba más frescor y blancura. La más solicitada, por su buqué, era la portuguesa. Las tribus del alto Nilo usaban cenizas de boñiga de vaca.
Colgate introdujo en 1873 el tubo de crema dental. Mientras, en Nápoles, los vecinos tenían unos dientes muy amarillos, pero sin caries. El agua rica en fluoruros de la región era la causante. Desde entonces, flúor y pasta de dientes van de la mano.
Los españoles nos cepillamos poco y mal. Sólo un 30% lo hace tras las comidas y un 5%, casi nunca. Las mujeres ganan: un 40% se cepilla tres veces al día, frente al 23% de los hombres. La media de veces que una mujer sonríe es de 62 veces al día por 8 del hombre. Nos gastamos al año unos 7 euros en productos de higiene oral, frente a los 20 euros de los ingleses.
El diente más caro perteneció a Newton. En 1816 fue vendido por 4.600 euros, y su comprador lo puso en un anillo.